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viernes, 31 de julio de 2020

LA MAGIA DE UN CUMPLEAÑOS EN TIEMPO EXTRAÑO


A Lourdes no le gusta que escriba poemas, dice que no los entiende. Mi hermana también lo dice.

Alguna vez sí los ha comprendido, incluso ha llorado con el significado de los versos.

En esas ocasiones me ha dicho que soy tonta porque le he hecho llorar.

No me importa que me llame tonta, me hace feliz que capte el sentimiento de lo que he querido expresar.

Sé que lee todo lo que escribo, aunque no siempre me lo diga. Incluso los poemas, a pesar de no entenderlos siempre.

Insiste a menudo en que escriba un libro de capítulos, a lo que yo respondo que no sé escribir libros de capítulos y ella entonces me replica que tampoco sabía escribir poemas de amor y publiqué un poemario.

Es una anécdota simpática que me da pie para comenzar este relato.

Quizás algún día deje de ser una anécdota.


Sin embargo, aunque no sepa cómo empezar una historia, como hilar un argumento largo, aunque se me resista ese libro de capítulos, de vez en cuando me adentro en la narrativa.

Me encanta escribir relatos, relatar recuerdos.

Especialmente cada 31 de julio, día de su nacimiento. Me gusta recordarlo y dedicarle unas bonitas palabras.

A ella también le gusta.

Sí, nació un 31 de julio, igual que el personaje de ficción Harry Potter. Ella también llevaba gafitas como él. Y su sonrisa es mágica al igual que la expresión de sus ojos.

Por eso en mi móvil suena la melodía de Hogwarts cuando ella me llama.

   Aquel día, al atardecer, llovía con fuerza. Esto ya lo he mencionado otras veces.

Lo que creo que todavía no he contado es la hora a la que nació. Nació a las 9 menos diez de la noche. Nunca olvidaré aquel reloj que había en el paritorio ni a la doctora diciendo la hora. Tampoco olvidaré a la enfermera preguntando si podía salir al pasillo a informar al padre de cómo iba todo.

Fue una espera larga, un parto difícil, Alberto no pudo ver cómo nacía nuestra chiquitina y yo no escuché cuando lloró por primera vez, pero él sí. Desde la incómoda silla del pasillo pudo oírlo.

No pude ver la felicidad en sus ojos en ese momento ni él vio mi emoción cuando me acercaron a Lourdes para que le diera un besito nada más nacer.

Es muy vívido el recuerdo de aquella tormenta, del ruido de los truenos cuando ya estaba en la habitación, del sonido de la lluvia golpeando en el cristal y del viento que azotaba las ramas de los árboles y las persianas.

Sin embargo, de la intensidad del dolor antes de que Lourdes naciera, ya no me acuerdo.

En mi mente hay muchas escenas de aquellos momentos, fotogramas que han quedado en mi mente y que refresco con frecuencia. Cada vez que veo la carita de mi niña en una foto de hace 22 años, cada vez que la miro ahora.

Este es un año extraño, un año en el que cumplir años se está convirtiendo en algo muy raro. Un año en el que los abrazos y los besos están guardados en los bolsillos, y las sonrisas pierden color tras las mascarillas. Las celebraciones son atípicas y a través de la pantalla del teléfono o del ordenador la vida no es igual y la emoción del momento tampoco.

En tiempo de pandemia los cumpleaños son diferentes.

Me imagino dentro de un tiempo en el recuerdo de estas palabras que escribo al calor de unos días en los que la temperatura casi alcanza los 40 grados. De cuánto marcaba el termómetro aquella vez tampoco tengo conciencia. Tal vez hoy el bochorno derive en tormenta de nuevo. En ese tiempo futuro me acordaré de este relato, me veré tras el ordenador tecleando estos pensamientos presentes con sabor añejo y rememorando los muchísimos instantes dulces y alguno que otro más amargo desde aquel entonces.

La memoria a veces es frágil y no retiene cada una de las palabras escritas en los anteriores cumpleaños.

También es selectiva y relega al trastero aquello que no le gusta, que ya no le sirve, aquello que no le aporta nada. Con el paso del tiempo el dolor ya no es el mismo, aunque la tristeza se mantenga.

No quiero divagar, no más de lo necesario y por ello vuelvo al hilo de lo que pretendo contar. Es difícil no repetirse, no escribir cada año lo mismo.

Este no será como todos.

Me refiero al relato.

También a la celebración, sobre todo a la celebración.

Este va a ser su primer cumpleaños trabajando, su primer cumpleaños en medio de los rebrotes de una pandemia, Esta, si no me traiciona la memoria, será la primera vez que no lo celebre con toda la familia el día que cumple los años.

En ningún caso eso quiere decir que no vaya a ser especial.



Este será un capítulo más de su vida. Uno escrito con tinta gris en lugar de la rosa que conforma su color favorito.

Uno más de esos que algún día serán parte de ese tan ansiado libro de capítulos que ella quiere que yo escriba y que yo aprenderé a escribir.


«Y de pronto, mi madre me cogió y me abrazó.

──Te quiero ── me dijo al oído

── Yo también ── le contesté, pero noté como le cambiaba el rosto…

── ¡ No, no! ── me recriminó──. Yo también no es un te quiero, no lo olvides, no lo olvides nunca.

── Te quiero, mamá. ¡Te quiero! ¡te quiero! ── le grité.

 

Te quiero, quizá las dos palabras más complicadas de decir a un padre, quizá las dos palabras más complicadas de decir a un hijo.»

 

Fragmento de El regalo / Eloy Moreno

 

He releído muchas veces este párrafo y he dicho también mucho más a menudo “Te quiero”, desde que lo leí por primera vez, desde que escuché al autor en la presentación del libro. No es difícil hacerlo, aunque a veces lo parezca.

 

lunes, 6 de julio de 2020

6 DE JULIO: UN CHUPINAZO SILENCIOSO.


 
No recuerdo la última vez que desperté un 6 de julio con un desasosiego y una angustia tales como los que he sentido esta mañana cuando ha sonado el despertador.

No lo recuerdo porque no soy consciente de que haya ocurrido alguna vez.

Tampoco recuerdo haber dejado sonar el despertador un 6 de julio.

Sí recuerdo la última vez que trabajé este día. Hace mucho tiempo de aquello.

También recuerdo mis últimos sanfermines trabajando.

Se me olvida que este año no va a haber sanfermines.

Pero el espíritu permanece, también la emoción que eriza el vello de mis brazos y empaña mis ojos todos los 6 de julio a las 12 del mediodía. No entiende de virus, de pandemias ni de nueva normalidad con aforos limitados. Esa emoción que corre por mis venas sigue ahí y reclama su sitio, su minuto de gloria, sus años de recuerdo.
 
 


 
 
Generalmente la madrugada de este día no duermo bien, me acuesto tarde y me despierto cada rato con los nervios y la ansiedad del día esperado desde el 14 de julio del año anterior.

Sin embargo, este año he dormido, agotada de cansancio, sin despertarme excesivas veces, con unos sueños extraños que recordaba al abrir los ojos y con una sensación de tristeza que me cuesta relatar con palabras.

Me he levantado con la impresión de un chupinazo silencioso que retumbará en mis oídos aunque no se escuche en el cielo. Los momenticos habituales de este día especial serán distintos, pero no dejarán de ser momenticos, lo serán en función de lo que cada persona cree o reinvente.

El trayecto al trabajo ha sido como el de cualquier otro día, pero con una perspectiva diferente, la de unas calles semi-vacías y unas paradas de autobús carentes de vida, ajenas al ajetreo propio de la fecha.

En el coche una música melancólica a tono con la nostalgia que siento hoy. Unas notas grises que acompañan un día alegre rendido a la tristeza de quien ve llover aunque no esté lloviendo.

No hay sanfermines, apenas he visto a nadie vestido de pamplonica. Yo tampoco iba con el atuendo, pero sí con los colores propios de las fiestas, con el rojo que este año simboliza el dolor más que nunca y con el blanco que me recuerda los espacios vacíos, la ausencia y la soledad de un año en la que los meses han pasado de puntillas y la primavera ha florecido al otro lado de las ventanas.

Y almorzaré, como todos los días, también como todos los años este día. Sin embargo, la compañía no será la habitual de este día especial y el almuerzo aunque no sea el de un día normal, tampoco será el mismo.

¿Quién dijo que unos huevos con txistorra no podrían ser dulces?

Gracias al detalle que ha tenido esta mañana una persona al traernos un platillo de gominolas emulando el castizo almuerzo sanferminero, el instante será menos amargo y la dulzura besará mi paladar. Ha sido un bonito regalo. A mí particularmente me ha hecho mucha ilusión.

A las 12 no sonará el estallido del cohete, pero yo miraré al cielo como cada 6 de julio y me acordaré de los que ya no pueden celebrar conmigo.

Alberto subirá a la Peña Izaga y desde la cima de un monte intentará tocar las nubes y se colocará alrededor de su cuello el pañuelo con el recuerdo de su hermano. A las 12 las lágrimas empañarán sus ojos y recordará años pasados, también imaginará los que están por venir. Después me llamará, luego se quitará el pañuelo y regresará a casa con el sentimiento extraño que envuelve una sensación rara.

 Por su parte, Lurdes, desde casa, recordará cada 6 de julio vivido. Ella no se ha perdido ninguno. Incluso el año que nació (15 días después de las fiestas) lo vivió. Todavía recuerdo aquellas pataditas al son de los fuegos artificiales.

Cada persona llevará hoy ese sentir de la fiesta en su interior, cada uno lo celebrará o no lo hará a su manera, desde el balcón, desde la ventana, desde su puesto de trabajo, desde el monte…

Espero que las calles no se llenen de gente, que el sacrificio de muchos no se vea oscurecido por la irresponsabilidad de otros.

No quiero que el verano me mire desde el otro lado del cristal.

No quiero más hojas en blanco.

Este año el pañuelico no acariciará mi cuello, este año cubrirá mi boca en esta nueva normalidad que de normal no tiene nada.

O tal vez sí.

Quién determina el significado de “normal”.

Dentro de unos años recordaré 2020 como el año que no hubo sanfermines.

No en apariencia.

Sí en el corazón.

martes, 9 de abril de 2019

ZIORDIA, UN LUGAR ESPECIAL, UNA CARRERA ÚNICA. VI CARRERA SOLIDARIA DE ZIORDIA.


En ocasiones tenemos la impresión de que ya hemos estado en un lugar antes incluso de haber ido allí. Sentimos que ya lo conocemos porque lo hemos visto a través de imágenes, de artículos de periódicos, de las redes sociales.

A veces, incluso, vamos a un lugar con el que hemos soñado con anterioridad, sin ser conscientes de ello y en un primer instante no somos capaces de relacionarlo porque no lo recordamos. Tenemos la sensación de haber vivido ya un momento determinado aunque no somos capaces de reconocer dónde y cuándo. Así es nuestro subconsciente. A veces caprichoso, otras premonitorio. 

En cualquier caso, sorprendente. 





Ziordia es uno de esos lugares especiales con los que se sueña, que alimenta de recuerdos a sus habitantes y a quienes lo visitan. Un lugar con un carisma único, con personalidad, con nombre propio.

Alberto y yo fuimos por primera vez allí con motivo de la III edición de la Carrera Solidaria de Ziordia.

Han pasado ya tres años y hemos vuelto cada uno de ellos.

Fieles a la cita.

El tiempo ha seguido su curso. Es inevitable. Por mucho que se quiera es imposible pararlo, volver atrás, pensar que todo sigue igual. Las cosas cambian, la vida lo hace también y nuestros sentimientos varían de igual forma.

Sin embargo mis ojos siguen mirando de la misma manera a ese pueblo tan especial.

A su gente.

A la gente que va ese día. Desconocidos que no dejan de conocerse. Conocidos en un lugar común, reunidos en una fecha marcada en el calendario y por una misma causa.

Llevo tres carreras siendo voluntaria. Siempre en el mismo emplazamiento, a la vereda del río, atravesando un pequeño puente, contando con la complicidad del agua que sigue su cauce.

A pesar de que este año la temperatura es menos agradable que los anteriores, nadie ha dejado de ir.

No al menos por las condiciones metereológicas.

Como cada edición, todos nos dejamos llevar por el entusiasmo y el esfuerzo de José Ramón Ramírez, organizador de la carrera. Aunque pueda parecer difícil, cada año se supera.

Detrás hay muchas hora de trabajo, de dedicación, de insomnio.

Cada vez también, hay más gente implicada, más cariño, más ganas de ayudar.

Todo ello hace que la carrera sea cada vez más cercana y más solidaria. Peculiar y única. Diferente en cualquier caso del resto de carreras.

Los chicos del reto Dravet, incansables, con sus camisetas moradas en su intento por conseguir fondos para la investigación de una cura para esa enfermedad de origen genético que se inicia a edad muy temprana. Con esa mariposa de alas desplegadas, emblema de la Fundación Síndrome de Dravet.

Los corredores con sus bolsas llenas de comida para donar al comedor social París 365, ese el precio de la carrera.

Diferentes proyectos solidarios en los que colaborar. Uno de ellos se llevará a cabo en Tanzania. 

Los patrocinadores y colaboradores aportando su granito de arena para que no falte de nada. Para que todo, incluida la merienda, sea perfecto a la par que inolvidable. 

Y en medio de todo, la sonrisa de Markel. Su ilusión participando en la carrera con su padre y un amigo de éste.  Cómo no ayudar para que tenga ese tratamiento y esas terapias que tanto necesita y hacen que su vida sea un poquito mejor.

Y yo miro y admiro cuanto ocurre emocionada, sin perder detalle, con un brillo distinto en mis ojos.

No importa el tiempo que pase ni las veces que haya ido.

No importa que todo sea siempre igual porque nunca lo es y yo siempre me emociono. 

Antes de la carrera doy un paseo por el pueblo, por las calles solitarias alejadas de la plaza, del bullicio, de la gente.

Voy despacio mirando cómo las nubes se vuelven cada vez más grises, cómo el viento parece más frío. Deseo que no llueva aunque estoy convencida de que la lluvia no va a restar encanto al paisaje.

Llego al lugar donde debo colocarme para indicar a los corredores el camino por el que deben continuar, para procurar que nadie más pase por ahí mientras lo hacen los participantes.

Apenas hay niños en el parque este año. Mis ojos se posan en el río cuyas aguas discurren tranquilas.

Escucho su rumor, siempre el mismo rumor instándome a tener distintos pensamientos. Qué intentará decirme sin palabras. Un pájaro pía en la rama de un árbol. No lo veo pero oigo su canto. No me parece triste aunque quizás lo sea.

Yo tampoco estoy triste aunque haya un deje de nostalgia en mi mirada.




Los corredores van pasando, yo aprovecho para sacarles fotos, para animarles, para decirles que ya queda poco.

Ellos lo agradecen y me sonríen.

Alguno me anima a mí también.

A mí, que estoy ahí parada viendo como discurre la carrera, cómo pasa el tiempo mientras pienso qué escribiré a la noche cuando esté en mi casa a resguardo del frío. Cuando ya no se oigan las voces de la plaza, ni las de los niños en el parque. Cuando ya no escuche el canto de ese pájaro que me acompaña durante la tarde.

Sí, me animan a mí también.

Y yo les devuelvo la sonrisa.

Entonces me pregunto si algún año seré capaz de estar al otro lado recibiendo los aplausos del público. Sé cual es la respuesta pero no la digo en voz alta.

Sigo aplaudiendo y animando.

Casi al final de la carrera comienza a llover y poco a poco me voy quedando sola. Se han ido retirando los pocos niños que había en el parque. Se han refugiado bajo los paraguas y caminado hacia un lugar cubierto.

Pasa la última corredora. En su cara el esfuerzo y una sonrisa que mantiene todo el rato. La veo pasar y la admiro.

Me quedo allí unos minutos más, con la lluvia cayendo sobre mí, cada vez un poco más fuerte. No me importa mojarme. Me gusta esa sensación en ese momento aunque luego me arrepienta de no haber abierto el paraguas.


Contemplo una última vez los columpios, el río, los árboles. Intento adivinar dónde estaba ese pájaro que ya no escucho. Y miro hacia los montes, hacia la soledad de ese paisaje que me acompaña y me arropa.

Y ya no me siento sola.

Entonces emprendo el camino de vuelta y me dirijo hacia la plaza para ver la llegada a  meta de los últimos corredores.


Y después llega la merienda.

Preparada con mucho cariño, ilusión y entusiasmo. 

Con el toque dulce de Noelia que vino desde Madrid con una furgoneta cargada de deliciosos pasteles realizados por ella.

Reunidos todos en el frontón. Una reunión de personas que va más allá de la amistad, mucho más.

Es imposible no involucrarse en esta carrera.

Es imposible no sentirla, no quererla.

No ser parte de esta bella iniciativa.

Ya de camino a casa, pienso en todas las vivencias de esa tarde y de las que permanecen en mi memoria desde el principio, desde aquel día en el que fui a Ziordia por primera vez y sentí que formaba parte de todo aquello.

Cuando supe que ya había estado allí aunque nunca hubiera estado antes.

jueves, 15 de noviembre de 2018

MEDIO SIGLO DE VIDA... Y YO A TU LADO



El día que cumplí veinte años me regalaste una tarjeta de cumpleaños con dedicatoria en la que decía:
“Con el corazón en la mano te digo sencillamente: ¡Que vivas muchísimos años y que tu felicidad aumente!”

Y tu añadiste:
“Y con el corazón en la mano, te deseo que tus próximos veinte años sean un poquito más felices que los anteriores y yo forme parte de ellos.”

Han pasado casi treinta años desde entonces y hoy, día en el que cumples cincuenta años, no he podido evitar acordarme.

He buscado aquella postal y he sonreído cuando la he encontrado. Formamos parte el uno del otro desde entonces, desde antes de esa postal, de ese día, de aquel cumpleaños.

Disfrutando, riendo, celebrando los pequeños momentos y apoyándonos en los malos, guiando cada uno los pasos del otro para seguir adelante siempre, aún cuando el camino sea demasiado escarpado.





Cincuenta años, medio siglo de vida, toda una vida.

Cuántas cosas pueden llegar a pasar en cincuenta años.

Cuánto instantes, cuántas alegrías, cuántas historias que contar.

Los sentimientos siguen siendo los mismos y la ilusión de recibir una tarjeta postal de vez en cuando también, aunque ahora nos mandamos mensajes al móvil con caritas con corazones en los ojos.

Como adolescentes.

Me gusta esa sensación de que el tiempo no ha pasado, de que sigue en nuestro interior esa capacidad de seguir siendo niños, de mantener esa juventud que las velas de la tarta y las arrugas en nuestro rostro contradicen.

Son bellas esas arrugas que llevan detrás tantas vivencias. Esas que reflejan que seguimos ahí, impertérritos a las inclemencias del tiempo y que han vivido cientos de primaveras y han acariciado las hojas amarillentas del otoño. Las mismas que han visto el cielo gris en numerosas ocasiones.

Como diría Lourdes, son adorables esas arruguitas en los ojos cuando sonríes.

Recuerdo aquellos días en los que me asomaba al balcón para verte pasar cada mediodía camino de casa después del trabajo o cada noche, dependiendo del turno. Al principio no lo sabías, luego ya sí y me saludabas. Pasabas por la iglesia que había frente a mi ventana. Ella fue testigo mudo de aquellos pequeños instantes que hacían que el día fuera mejor.

Recuerdo también a mi madre llamándome desde la cocina para que fuera a comer y yo buscaba cualquier excusa para justificar que estuviera en el balcón.

Después dejé de asomarme y comencé a bajar a la calle para encontrarme contigo. Y luego ya no nos separamos.

Me gusta pensar en aquellos años, en los que vinieron después, incluso en los que vendrán a partir de ahora. A veces tengo la sensación de que el tiempo ha pasado tan deprisa que apenas nos ha dado tiempo de degustarlo, de vivirlo con intensidad.

Pero todo está almacenado en la efemérides de nuestra memoria, esa que guarda todo, lo bueno y lo malo.

Cuesta pensar en la gente que se ha ido y que con la que hoy te gustaría celebrar esta fecha especial, ese número especial.

Yo sé que hoy vas a celebrarlo con Arturo, sé que vas a ir al Monte Sayoa para sentirte un poquito más cerca de él, para imaginar que puedes tocar el cielo, porque cada vez que vas al monte, sientes su aliento y te confortan sus palabras convertidas en susurros que lleva el viento.

Durante el ratito que estés allí arriba, en la cima, le contarás todo lo que ha pasado desde la última noche que pasasteis juntos.
Sé que le dirás que no has vuelto a ver el Ministerio del Tiempo porque aquel capítulo se mantiene intacto en tu mente y no quieres que se mezcle con otras sensaciones, que se distorsione aquella conversación que mantuvisteis. Y después te irás, sin despedirte, porque las despedidas son tristes y hoy no es un día para estar triste.

Cincuenta años es mucho tiempo para resumirlo en unas pocas letras.

Y demasiado poco, todavía quedan muchos años por escribir.

Cincuenta velas que dentro de otros cincuenta nos parecerán una nimiedad.

Hoy es un día especial, cada día que pasamos juntos lo es y cada vez que miro a Lourdes, nuestra vida se engrandece porque ella representa lo mejor de los dos.

En definitiva, de pequeños momentos salen grandes instantes.

Y cuando los sueños no se cumplen hay que perseguirlos. Tu soñaste los míos y mi mejor sueño es pasar cada día a tu lado.

Ya no necesito asomarme al balcón para verte pasar.

Cada mañana al despertar, te miro para recordarte durante todo el día, para tener la certeza de que siempre vas a estar ahí.

Porque quizá es cierto que no sé escribir poemas de amor pero tengo claro que mi poema más bello siempre serás tú.

No, yo no sé escribir poemas de amor
prefiero soñar contigo
sabiendo que al despertar
estarás siempre a mi lado.
No sé escribir poemas de amor / Arantxa Murugarren.

Tú inspiraste estos versos y ahí seguirán inmortales cuando ya no estemos, recordando todos los años que nos quedan por celebrar.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, ALBERTO!

viernes, 19 de octubre de 2018

EL JARDÍN DE LOS POETAS (MIRANDA DE ARGA)





" Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero".
Antonio Machado/ Retrato




Me gusta Antonio Machado, me gustan sus poemas, sobre todo éste cuyos primeros versos he escrito. Sus recuerdos, sus reminiscencias al pasado. Me gusta su claridad, su nostalgia, ese huerto donde madura el limonero.

En el pueblo, junto a la casa de mis padres también hay un huerto, muy pequeño, donde maduran los tomates y no hay limoneros.

En mi historia, esa que escribo cada día, existen también instantes de los que me gustaría no acordarme. Sin embargo recuerdo otros muchos agradables a menudo.

Si la infancia de Machado eran recuerdos de un patio de Sevilla y su juventud, veinte años en tierra de Castilla, mis años infantiles y mi adolescencia lo son de las calles de Miranda de Arga, de sus montes, de la placeta que hay frente a nuestra casa. Recuerdos que me vienen a la mente y me devuelven a aquella época.

Cuántas tardes de juegos, de confidencias, de alegrías y también de alguna que otra pena.

Cuántos veranos de días interminables en los que el tiempo parecía no pasar.

Cuánta nostalgia de un ayer que se escapa entre los dedos.

Cuán rápido pasa el tiempo ahora y qué lejos está aquella juventud.

A pesar de todo, no volvería atrás. No anhelo volver a tener veinte años. Me gusta recordar aquella época, revivirla en la mente y sonreír mientras lo hago.

Hace unas semanas fui a Miranda para celebrar el cumpleaños de mi padre. Era domingo, un domingo soleado de septiembre. Creo que leí que era el último día del verano, a lo mejor era el primero de otoño. No me acuerdo bien. En realidad, no tiene importancia.

Aproveché para visitar El Jardín de los Poetas. Había estado una vez allí, había leído algunos de los poemas que habitan ese lugar y había contemplado sus bellas flores.
Ahora también hay uno mío.
Dedicado a Mari Carmen Iradiel.


Grabado por Pedro Pérez, su marido, en madera de nogal, un nogal del padre de Mari Carmen que se había secado.

Pedro se quedó con una tabla de esa madera.

Se convirtió en el marco perfecto para el descanso de unas palabras dictadas que guiaron mi pluma.

Sin su arte y su maravilloso trabajo, el poema no luciría igual.
Sé que le costó trabajo grabarlo.

Quedé con Pedro para agradecerle su trabajo, para ver de primera mano cómo había quedado, puesto que aunque había visto fotos, estaba segura de que no era lo mismo. 

Mientras iba de camino al Jardín iba recordando pasajes de mi juventud y me iba emocionando. Les conté algunas anécdotas a mi marido y a mi hija.


Conocí de su mano la historia del jardín. Era un espacio no cuidado y lleno de maleza. Él y Koldo Laguardia tuvieron la idea de limpiarlo y cubrirlo de flores. 


Pedro, hábil con la madera, talló los gigantes de Miranda en el tronco de tres pinos que habían sido talados.

Más adelante lo llenaron de versos tras observar que había gente que se sentaba allí a descansar tras subir la cuesta. Pensaron que era una buena idea que quien se parara pudiera leer las rimas de poetas de todos los tiempos entre los que se encuentran Becquer, Quevedo, el propio Antonio Machado, Pablo Neruda...




Entre ellos, está el poema de otra mirandesa, Rebeca Elizalde, que dedicó unos bellos versos a sus abuelitos y que también están grabados en una lámina de madera.


Y junto a esos versos están los míos.

Yo los escribí, pero ella me susurró las palabras.

Me dicen que es muy acertado. No podía ser de otra manera, me dejé guiar y mi mente guardó aquello que debía escribir.

Al terminar lo dejé reposar un instante.

Entonces lo leí.

Y me emocioné.

Y estaba segura de  que emocionaría a los demás. Que sabrían captar el mensaje, la esencia de cada verso, de alguna que otra rima.

Sabía que estaría bien custodiado por otros poetas y que daría luz al jardín. Esa luz brillante que Mari Carmen desprendía.

En aquel momento pensé que iba a ser difícil escribir otro poema tan bello.
Aquel domingo, al leerlo de nuevo y después de escuchar las palabras de Pedro, supe que nunca escribiré nada tan especial.




Cada amanecer al abrir la ventana
el viento me trae tu voz
y minúsculas gotas de luz
besan con suavidad
el rocío de la madrugada.

Te imagino más allá de las nubes
mientras riegas las plantas del jardín
acariciando cada pétalo
con la delicadeza de un tacto etéreo
que da pespuntes de alegría en cada rincón.
En primavera se engalanarán las flores
y en otoño al deshojarse las rosas
se esparcirá tu perfume
entre poemas y rimas
que perduran en el tiempo.

Cada anochecer al cerrar la ventana
un reguero de estrellas
ilumina el camino de mis sueños
donde tus ojos me miran
y yo vuelvo a estar contigo.


Arantxa Murugarren Arenillas 
El Jardín de los Poetas (Miranda de Arga)





martes, 31 de julio de 2018

LA MELODÍA MÁS BELLA



Anoche, antes de irme a la cama, asomé la cabeza por la puerta entreabierta de tu habitación. Era tarde y ya estabas dormida. Me quedé allí, contemplándote, como si fuera la primera vez. Me pregunté qué estarías soñando y deseé por una milésima de segundo estar yo también dormida y compartir parte de tus sueños, asegurarme de que todo lo que soñaras fuera alegre, espantar los fantasmas de la madrugada y convertirlos en ángeles de la guarda como los de aquella oración que repetíamos hace mucho cada noche antes de ir a dormir.


Recuerdo que cuando eras pequeñita me gustaba sentarme al lado de tu cuna y verte dormir, con esa expresión serena que tienen a menudo los niños recién nacidos. 


Me quedaba embobada mirándote. Tú dormías plácidamente boca arriba y con las manitas extendidas a ambos lados de la cabeza y la carita relajada, en ocasiones con una sonrisa. 


Algunas veces, cuando no te escuchaba respirar te agarraba la mano para asegurarme de que estabas bien. Lo hacía con miedo de que no te fueras a despertar, con una incertidumbre que se convertía en alivio cuando te movías.
  
¡Veinte años, ya han pasado veinte años!

Veinte años desde aquella madrugada en la que también pasé por esa misma habitación, sin nadie entonces. Encendí la luz y acaricié con la mirada cada rincón imaginando cómo sería cuando llegaras tú. Me toqué la tripa en un intento por parar todas las patadas que me estabas dando esa noche. Poco después supe que no eran patadas. No era consciente en aquel momento de que esa sería la última vez que la veía vacía.

Dice el tango que «veinte años no es nada».

No es nada y lo es todo.
Para ti, toda una vida.
Para mí, una gran parte de ella.

Cada noche, antes de irte a la cama tu padre y yo te contábamos un cuento, uno sacado de un libro de 365 cuentos que compramos en una feria del libro. Uno para cada noche. Conforme fuiste creciendo los hábitos de lectura cambiaron. Después compartíamos lectura. Me metía un ratito en la cama contigo y tu leías un párrafo de un libro y yo otro hasta que se te cerraban los ojos.

Poco a poco se fue reduciendo el tiempo de lectura conjunta y más adelante esos momentos que habían creado  un vínculo especial dejaron de existir.

Hay veces en las que los echo de menos.

Sin embargo, la complicidad no se marchó nunca y la seguimos manteniendo cuando nos miramos, cuando algo nos hace gracia y no paramos de reír. Me gusta reír contigo, aunque a veces lo hagamos en el momento menos oportuno, aunque tu padre tenga que separarnos para que no nos comportemos como niñas.

A mí me gusta sentirme de nuevo niña y verte a ti todavía como tal.

Hace que el tiempo pese menos y las ausencias sean más ligeras. Por desgracia no siempre puede ser así y hay que convivir con ellas, deseando que aquellos que se fueron antes de tiempo estén pendientes de nosotros desde algún lugar en el cielo.

Muchas veces, asomada a la ventana del salón me invade un deje de nostalgia cuando veo el parque sin vida. Apenas hay niños ya jugando en los columpios. Me acuerdo de aquellas tardes sentada yo en un banco y tú jugando con el cubo y la pala en la arena. Entonces había arena en el parque. Después lo quitaron y el parque dejó de tener encanto. Seguimos yendo, pero ya no era lo mismo. Los niños se convirtieron en adolescentes y dejaron de bajar por el tobogán para sentarse en él a chatear con el móvil.

¡Veinte años!

Cuántas cosas han pasado y las que quedan por pasar. Unas buenas, otras menos.
Como hasta ahora.
Como siempre.

Habrá más eclipses de luna como el de hace unas noches.
A lo mejor no volvemos a ver ninguno.

Habrá miles de tormentas, pero ninguna será como la que cayó aquel 31 de julio, justo cuando nacías.

Seguirá saliendo el sol cada mañana y cada día me dirás que no sirve de nada que tenga un teléfono móvil si siempre lo llevo apagado. Me dirás que el día que te pase algo no me enteraré. Yo estoy segura de que lo haré antes de que me llames por teléfono. Mientras, continuarás llamándome, aunque no tengas nada importante que decirme y a mi me encantará que lo hagas.

Dice tu padre que le da pena cuando te mira y te ve tan mayor, cuando recuerda tus primeros pasos y tus primeras palabras. Yo sigo viendo a aquella niñita a través de tus ojos.

Siempre serás nuestra chiquitina.

Aquel 31 de julio era viernes.

No recuerdo que música sonaba el verano de 1998.

En el momento en que oí tu primer llanto supe que nunca escucharía una melodía más bella.

Anoche mientras te miraba pensé que nunca escribiré unos versos más brillantes porque tú eres el mejor poema que haya escrito jamás.