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martes, 1 de diciembre de 2020

RESEÑA DE: TIERRA - ELOY MORENO

 



TÍTULO: TIERRA

AUTOR: ELOY MORENO

GÉNERO: NARRATIVA / FICCIÓN CONTEMPORÁNEA



El problema de buscar la verdad es encontrarla y no saber que hacer con ella. 





OPINIÓN PERSONAL:


No recuerdo el confinamiento de marzo como un buen periodo, tampoco en lo que a lectura se refiere. Al menos para mí. Intenté paliar el tedio de las largas horas del día con los libros, pero no lograba concentrarme. Cogía un libro y después de leer unas cuantas páginas lo dejaba. Esto se repitió una y otra vez, hasta que cayó en mis manos Tierra. 

Y fue por casualidad, o a lo mejor no fue algo tan casual, tal vez tuvo que ver ese destino que dicen que está escrito. Lo cierto es que los dos nos encontramos y como suele pasar con las cosas inesperadas, precisamente por eso, porque son inesperadas, fue una de las experiencias más gratificantes en esos momentos en que parecía ralentizarse el tiempo a pesar de seguir contando las horas. 

En mi opinión, un libro es bueno cuando, tiempo después de su lectura, las sensaciones y sentimientos siguen en la mente del lector, cuando este continúa acordándose de muchos o de alguno de sus pasajes, de los lugares, de los personajes, de la emoción o sufrimiento que le acompañaron entonces, de aquello que acompañaron a los personajes también. 

Quizás por eso he tardado tanto en escribir acerca de él, porque en parte, siento que esas emociones dejarán de pertenecerme, de arañarme por dentro en cuanto las plasme en el papel y se liberen de mi mente. Por otro lado soy consciente, de que no va a suceder así del todo, porque lo sentido no se olvida. 

Por otro lado, las cosas buenas hay que compartirlas. 

Me gustan las historias que no dejan indiferente, que hacen sentir, sufrir, reír, soñar y reflexionar. Todas esas historias que producen un torrente de sensaciones durante, y una vez terminada la lectura. Y, sobre todo, adoro esos libros que logran que me mantenga hasta altas horas de la madrugada, esos que evitan al sueño y hacen que esté totalmente inmersa en las letras, sabiendo que si me despisto un instante y cierro los ojos, me voy a perder algo importante. 

Y todo eso me sucedió y me sucede con Tierra. Me bastó un día y medio para saber que ya nada sería igual, del mismo modo que sabía que nada iba a ser como antes después del confinamiento. Y solo después de leído, fui consciente de que había devorado en unas horas un libro de más de 500 páginas. 

Por lo general, suelo evitar los libros demasiado largos, me cuesta leerlos. Algunos incluso, me llevan al hastío y hacen que deje de leer durante un largo tiempo. Aunque procuro terminarlos todos, la sensación última de insatisfacción que algunos me producen, hace que decida evitarlos. 

Tierra fue el libro elegido para la lectura conjunta de un grupo de internet. Me gustó la elección, porque me gusta la forma de escribir de su autor. Por eso no me costó decidirme por esta lectura, y lo hice sin mirar la extensión del libro, que leí en digital. 

Tuve la oportunidad de conocer a Eloy Moreno hace años, cuando vino a Pamplona a presentar El regalo, su por entonces último libro. Recuerdo que era junio. El mes está nítido en mi mente, no así el año. Creo que fue en 2016. Busqué la fecha exacta en la dedicatoria, pero al contrario que la mayoría de los escritores, este autor no pone la fecha en las novelas que firma. 

Eloy Moreno es un autor diferente, llega a las personas a través de su carácter amable, de su sencillez y cercanía a la hora de escribir y de hablar. 

En aquella ocasión no habló del contenido de “El regalo”, no dijo de qué trataba explícitamente. 

Contó anécdotas relacionadas con el libro y que en el fondo estaban estrechamente unidas a la lectura, a ese trasfondo que se percibe entre las letras. Hizo hincapié 

en que todos debemos seguir nuestros sueños y nos invitó a hacerlo. 

Escuché con atención todo lo que dijo e hice mías cada una de aquellas palabras. Estaba siendo un año malo, tanto a nivel profesional como personal. Había comenzado a escribir, a retomar la pasión por la escritura de mi juventud y que por avatares de la vida había dejado aparcada. Recuerdo que pensé que aquel era el momento ideal para dar un paso adelante e ir más allá, que era el instante perfecto para centrarme en ello y perseguir aquel sueño de ser escritora que una vez tuve. 

Con el tiempo lo olvidé, me olvidé de Eloy y de sus ánimos para perseguir lo que se desea. 

No leí “El regalo” hasta pasado un tiempo y cuando lo hice volví a rememorar todo lo escuchado en aquella presentación y, al leer la dedicatoria de nuevo volví a recordar aquellas palabras. 

He pensado muchas veces en aquella presentación. 

Mientras iba leyendo Tierra, iba reconociendo la escritura, el estilo de Eloy, directo, con lenguaje sencillo, con personajes tan similares a nosotros, tan real dentro de la ficción, tan ficticio que se convierte en tan real. 

Y la vida, la vida que a veces parece que nos lee el pensamiento y adelanta los acontecimientos o los acompasa a nuestro ritmo. 

Es un libro de lectura ágil y dinámica, con capítulos muy cortos y con final de capítulo intrigante. De esa forma mantiene la curiosidad del lector y le invita a no dejar de leer, a seguir pasando las páginas. 

Algo que quisiera resaltar de este escritor y que a mi me gusta mucho, es que en sus libros no hay sinopsis. Hay que leerlo para descubrir el secreto que encierra la historia, que se refugia en los lugares que plasma en cada novela, en cada situación tan bien descrita. 

Quizá sea premonitorio o solo una casualidad como he escuchado decir al autor en más de una ocasión a lo largo de este confinamiento, pero la realidad/ficción del libro se parece mucho a la que nos ha tocado vivir estos últimos meses, aunque dentro de un marco diferente. 

Aunque en mi opinión, Nellyne es el eje central de la novela ya que considero que gira todo alrededor de ella, de su historia, de su secreto mejor guardado, el resto de personajes también son importantes, todos ellos son relevantes.

Todos y cada uno tiene su misión, su papel en esa vida ficticia tan similar a la real.

Habla de miedos, de familia, de codicia, de envidias, pero sobre todo es una historia de vida. 

Se revelan muchas emociones en las páginas y deja muchas sensaciones, invita a la reflexión después de pasar la última página. Aborda temas actuales e incluso consigue que el lector haga una mirada introspectiva, algo que también me pasó con “El regalo”. 

De aquel libro, extraje muchas frases y párrafos que incluí en el devenir de mi día a día. 

Dos años después de aquella presentación que me marcó, presenté mi primer poemario y al firmar el primer ejemplar con un boli de gel rosa, me acordé de Eloy Moreno y su Bolígrafo de gel verde. Y sonreí. 

Seguramente nadie reparó en esa sonrisa, entre otras cosas porque aquel día no paré de sonreír, pero aquella fue especial. No conté entonces que parte de la inspiración , parte de la perseverancia y la ilusión que albergaban mi libro de poemas, se debían a lo escuchado aquella tarde de junio. 

Terminé de leer “Tierra” a las 4 de la madrugada de una noche desmadejada de confinamientos, pero en esa ocasión mi insomnio no era por el desasosiego que me producía esa situación. 

Esta vez tenía un motivo, terminar la lectura. 

Tenía sentimientos encontrados, quería terminar y no hacerlo para no dejar de estar ahí. 

Tan cerca y tan lejos de mi vida real. 

Sin embargo, seguí, seguí por no habría podido dormir si lo hubiera dejado. 

Y una vez terminado, me mantuve despierta hasta casi el amanecer porque no era capaz de dejar de pensar lo que había leído. 

Todo lo que había aprendido. 

Y en el refugio de mi cama con la melodía de mis propios pensamientos, me fui quedando dormida. 

Aquella tarde de junio, cuando me acerqué al autor para que me firmara el libro y después de leer la dedicatoria, le dije. 

“Si persigo mi isla, algún día yo estaré ahí, como estás tú ahora, firmando mi libro” 

Pero eso tampoco se lo conté a nadie. 

Hasta ahora. 



“Creo que fue allí, en aquel funeral al que le sobró tanto dinero como cariño le faltó, cuando nos dimos cuenta de que a la vez que nos abrazábamos nos despedíamos. 

[…] 

Con la muerte de mamá nuestros caminos se fueron, lentamente, separando. Cada vez las llamadas tardaban más, los mensajes eran más cortos y los silencios más largos. Hasta que llegó un día en el que ya no hubo contacto, simplemente dejamos de hablar. No ocurrió nada especial, y quizás eso, la ausencia de motivos, fue lo más triste de todo.” 

Tierra / Eloy Moreno




lunes, 13 de julio de 2020

OPINIÓN DE LA OBRA DE TEATRO "LA SOMBRA". YOLANDA ALMEIDA



TÍTULO: LA SOMBRA

AUTORA: YOLANDA ALMEIDA

GÉNERO: TEATRO

SINOPSIS



El miedo, la incertidumbre… Nos paralizan, nos ocultan, nos convierten en sombras de un yo que en esencia no teme a nada, que no busca la aprobación. Pero, ¿podríamos llegar a dejar de ser versiones de nosotros mismos? 






OPINIÓN PERSONAL 

Somos parte de nuestros recuerdos. Unos permanecen vívidos en nuestra memoria mientras otros se van difuminando con el tiempo y aunque sigan ahí, el olvido se va apoderando de sus sensaciones. 

De repente un día reaparecen. 

Dentro de unos años recordaré que 2020 fue el año de la pandemia. Recordaré que los meses se asomaron a la ventana y volaron con el viento. Rescataré de la memoria algunas de las muchas de las imágenes que he ido guardando en este tiempo extraño de rutina rara dentro de lo que habría sido mi vida habitual. 

Las hay de todo tipo: emotivas, alegres, tristes, con un toque de resignación, con un punto de miedo, de angustia, de soledad. 

Por la mente pasará el eco de unos aplausos a las 8 de la tarde, retumbará el silencio de la soledad en la ausencia de quien se ha marchado y ese recuerdo que he mencionado nos hará partícipes de una obra de teatro tan real en los confines de lo que debiera ser fantasía. 

Quizás algo tenía que cambiar. 

En ese período inusual, el aprendizaje ha sido continuo y los recursos tecnológicos fundamentales. La distancia ha tenido otro significado en la cercanía de las redes sociales. 

Ya en los albores del verano, hemos convertido el confinamiento en pasado. En la costumbre de no dejar atrás la costumbre de seguir adelante, se empezaron a retomar algunas actividades culturales. 

Entre ellas el teatro. 

El viernes 19 de junio se presentó en la Casa de la Juventud la obra de teatro La Sombra, escrita por Yolanda Almeida. 

Se trataba de una lectura teatralizada intepretada muy bien por Amaia Rodríguez y Javier Urtasun. 

Por un momento sentí que todo volvía a ser igual que antes, que ese antes no se había visto alterado. 

Durante ese instante que duró varios minutos, Per Gaztelu, escritor de novela negra, poeta y compositor desgranaba notas de su guitarra mientras su melódica voz de tango interpretaba la canción escrita por él mismo para la obra. Le acompañaban Amaia Rodríguez y Javier Urtasun. Sus voces de coro al unísono acariciaban el ambiente y envolvían a los presentes entre acordes de guitarra, violín y piano. 

Había escuchado antes la canción en la presentación virtual de la obra, pero no sentí lo mismo en aquella ocasión. El sonido a través de las redes no es el mismo, ni la esencia, ni la intimidad personal que ofrece escucharla en vivo. 

Los directos de Instagram o las sesiones de zoom ayuda a la cercanía y a la conexión, pero la sensación es distinta. 

Cuando la escuché en la casa de la juventud, el sentimiento de las letras me envolvió en su órbita, me hizo cómplice de las palabras, erizó mi piel y sentí un nudo en mi garganta. 

Las mascarillas, la distancia entre el público, las medidas de seguridad, el gel de manos. Todo desapareció mientras sonaba la canción, mientras con los ojos cerrados mis sentidos se dejaban acariciar por la melodía. 

Fue un sentimiento extraño, aunque familiar, lejano aunque cercano. 

No acerté entonces y no acierto ahora a explicar el motivo. 

La sombra arranca con el protagonista, Miguel, un joven muy angustiado presentándose en casa de su psicóloga a altas horas de la noche para contarle que cree haber matado a una persona. 

Y a partir de ahí, me dejé llevar por el contenido de las palabras, por ese trasfondo que lleva hasta la punta del Iceberg. 

Y descubrí la profundidad de la obra. 

Empaticé con esa historia, con sus personajes. 

Hice mío su miedo. 

Ese miedo a dejar de ser uno mismo. 

A ser una sombra. 

A que la sombra domine nuestra vida y nos convierta en sombras de nosotros mismos. 

Siempre me ha gustado el teatro, no solo ver las representaciones, sino también leer las obras. Recuerdo mis veranos de juventud en la piscina del pueblo a la sombra de un árbol leyendo a los clásicos. Recuerdo “El alcalde de Zalamea” en los susurros de mi voz o “La vida es sueño”. También otras muchas. Mientras el resto de la gente disfrutaba del sol yo lo hacía del teatro. 

Luego dejé de leer y de escribir. 

Hasta hace unos años. 

No había vuelto a leer obras de teatro ni a recordar aquellas tardes de verano. 

Hasta ahora. 

Ese viernes, volví a aquellos años mientras escuchaba a los actores. No sé la razón por la que me vinieron aquellos recuerdos a la mente. 

La verdad es que no tiene importancia. 

Disfruté con la obra, con lo que me hizo sentir. Me vi a mí misma sumida en la inseguridad, en el miedo que esa inseguridad provoca en las personas. Dentro de la ficción siempre hay una mota de realidad. 

En ocasiones mucho más que una mota. 

Cuesta hacer una mirada introspectiva, cuesta hacer limpieza interior. 

Cuesta no pensar en lo que piensan los demás de uno mismo. 

Cuesta no juzgar y cuesta reconocer que te importan los juicios. 

Cuesta darse cuenta de que a lo mejor no somos tan importantes, ni los demás piensan tanto en nosotros. 

Es más fácil culparse. 

A Miguel, el protagonista, le cuestan muchas cosas y se da cuenta de muchas otras a lo largo de la obra. 

No deja indiferente lo contado, lo interpretado, lo vivido por Miguel, los sentimientos que Ariadna le obliga a descubrir. Tan reales, tan vívidos. 

Aquel día que Yolanda nos habló de La sombra, contó que la obra era inicialmente una novela, de hecho, nació de la La cuarentona, su última novela. Sin embargo, los personajes en esta ocasión hablaban demasiado y la instaron a contarla de manera diferente, a teatralizarla hasta convertirla en una obra para ser interpretada. 

Yolanda es muy versátil e inquieta. Poeta, novelista y ahora dramaturga, escribe con pasión e intensidad y eso queda reflejado en todo lo que escribe. 

Fue mágica aquella tarde a pesar de lo irreal de la situación y de las circunstancias. 

Nueva normalidad lo llaman. 

Nuevo sí que es, aunque discrepo en lo de normalidad. 

Hubo muchas frases que me llamaron la atención y que quedarán en mi memoria. 

Sin embargo, hay una en especial que pronuncia Miguel y que no he olvidado: 

“Morir significa que alguna vez estuvimos vivos” 
(La Sombra – Yolanda Almeida) 

Vivamos para recordar que una vez fuimos al teatro en tiempos de pandemia.

jueves, 14 de mayo de 2020

RESEÑA DE: TODO EL MUNDO ES GILIPOLLAS (Y TÚ MÁS) - EBA MARTÍN MUÑOZ



TITULO: Todo el mundo es gilipollas (y tú más)

AUTORA: Eba Martín Muñoz

GÉNERO: Fantasía urbana






SINÓPSIS:

Mikel es un vendedor de zapatos que aspira a ser escritor. La misma mañana en la que ha quedado con un agente literario interesado en él, todo comienza a torcerse y las desgracias se le agolpan por el camino. Después de despedirse de su trabajo en la zapatería, recibe una visita de lo más inesperada, una visita que será el germen de una aventura sin precedentes para recuperar la felicidad. Acompaña a Mikel en este viaje épico transdimensional lleno de sorpresas, amor, humor y mucho más. 

Todo el mundo es gilipollas estaría enmarcada dentro del género de la fantasía urbana aunque coquetea con otros géneros y temáticas como son la ciencia ficción, el humor, los viajes temporales, la novela gótica, y el amor en su concepción más amplio y puro.



OPINIÓN PERSONAL:

En un tiempo indeterminado en el que las horas pasan lentamente y sin apenas más escenario que las habitaciones de casa, la lectura es un bálsamo contra el hastío y la rutina. En esta situación inesperada que está dejando una estela de ausencias, dolor e incertidumbre, la lectura e incluso la escritura, ayuda a mantener la mente ocupada y no pensar demasiado. 


Miré en las estanterías y allí estaba Todo el mundo es gilipollas (y tú, más), de Eba Martín Muñoz. 

En cuanto lo vi, no necesité buscar más. 

Llevaba tiempo queriendo leerlo, pero por una razón u otra, al final lo había ido postergando. Quizás no había llegado su hora o tal vez el frenético ritmo del día a día no me había permitido hacerlo. 

Hasta ahora. 

El azar o la vida misma, quiso además que fuera el elegido para la lectura conjunta de un grupo de Facebook dedicado a la literatura. Una señal más de que era el momento idóneo para leerlo. 

Conozco a la autora desde hace tiempo, y recuerdo con cariño la primera vez que hablamos. Ella había escrito las dos primeras entregas de la saga Seres malditos y yo había escrito mi primera reseña literaria. 

Me animó a leer sus libros y a escribir una reseña y yo me animé a hacerlo. 

A partir de ahí vinieron más libros por su parte, más reseñas por la mía, conversaciones telefónicas y mensajes cuya asiduidad a veces se dilata demasiado en el tiempo. Pero esa amistad sincera está ahí, no caduca. 

He leído casi todos los libros de Eba y sabía que este tampoco me decepcionaría, siendo consciente de que me iba a encontrar con una historia muy diferente a las anteriores. 

Otro valor añadido en el libro es la cuidada edición y la belleza física del mismo. Es una obra realizada con mimo por la editorial. Las ilustraciones interiores y las que protagonizan tanto la portada como la contraportada son magníficas y acordes con la historia. La tipografía no es siempre la misma, cambia dependiendo de lo que está contando. Es original y sorprendente y todo en conjunto contribuye a que sea una novela muy atractiva tanto en el fondo como en la forma. 

Lo comencé a leer con expectación y, a medida que iba pasando las páginas, fui constatando lo que ya suponía. Eba es capaz de adaptarse a cualquier género sin importar lo alto que tenga el listón. También sabía que lo superaría sin problema y lo ha hecho manteniendo su estilo sencillo a la par que extremadamente cuidado.Ha calculado cada detalle, cada anécdota. Ha conseguido que durante el tiempo que dura la lectura, el lector olvide sus problemas cotidianos. 

El tono humorístico e irónico hace que sea fácil evadirse de la realidad y sumergirse en ese plano surrealista y absurdo, en ese caos que aparentemente se ve reflejado en la novela. Y digo aparentemente, porque detrás se halla una historia muy bien construida. Con humor, la escritora lleva al lector por el camino de un aprendizaje que tiene lugar a lo largo de todo el libro y que no le dejará indiferente al terminar. No importa el orden, no importa los saltos que da en el tiempo, el lector se amolda a ellos fácilmente. Y lo hace porque Eba maneja la pluma con maestría y sabe conducir a los lectores por la senda que ella ha marcado. 

Nos encontramos con una obra en la que el amor es importante. No solo el amor físico, el amor en el más amplio sentido de la palabra. Aunque está catalogada como ficción urbana, lo cierto es que dentro de la misma obra hay coqueteos (como apunta la introducción) con otros géneros. Lo que hace que esta novela tenga una riqueza literaria que otros libros no tienen.

La novela tiene un ritmo ágil, incluso vertiginoso, muy característico de la autora. No cabe en esta obra un bostezo o un segundo de aburrimiento. 

Como es habitual también, las descripciones de los lugares son magníficas. No es difícil visualizar cada escenario descrito. 

Me reí mucho y las horas pasaron volando mientras leía, quería más. Hacía tiempo que no leía con tanta avidez, e intensidad. No recuerdo la última vez que lo hice, que me transporté a una ficción que me hizo pensar en mi propia ficción. 

No es necesario buscar siempre una razón lógica a todo, ser ilógico también tiene su encanto y hay momentos en los que hace falta. 

En ocasiones, es necesaria la sinrazón. 

Incluso una pequeña dosis de locura. 

No podían faltar las referencias a Edgar Allan Poe, o a alguna de sus otras novelas. Detalles llenos de ternura y cariño. Un guiño a su inspiración. 

Antes de cada capítulo, hay una cita que hace alusión a la estupidez. Tal vez sí seamos todos un poco gilipollas, por lo menos en alguna ocasión. 

Me dejé llevar. 

No sabía el destino y tampoco necesitaba saberlo. 

Durante la lectura, en más de una ocasión, aparqué la misma durante unos segundos para pensar qué habría hecho yo en el lugar del personaje principal. También me pregunté en qué momento de la historia me hubiera gustado vivir. Incluso imaginé que era ese personaje histórico a quien siempre he admirado o cuya vida me ha generado curiosidad. 

A lo mejor sí he estado en otros lugares y en otros cuerpos antes de este. 

También después. 

Me hizo gracia imaginarlo. 

Y en cada una de esas ocasiones, después de la disertación, volvía de nuevo a las páginas del libro, dejando de lado el insistente latido de los segundos. 

En el tiempo que estuve con la lectura, que no fue mucho, me convertí en cada uno de los personajes y viví cada una de las situaciones. Lo hice con humor, siendo testigo de cada historia interna, cómplice del amor, de las malas decisiones tomadas y de las buenas. Al fin y al cabo somos el resultado de nuestras decisiones, de las correctas y de las incorrectas. 

Me di cuenta de lo necesaria que es la risa. 

Durante ese tiempo, dejé de ver las calles vacías y las llené de fantasía, de abrazos que ahora tengo guardados en un cajón, de versos que escribiré cada día, de aplausos que seguirán resonando en mi mente cuando ya nadie aplauda. 

Cuando todo sea un recuerdo. 

Me alejé de la soledad. 

Al terminar, sonreí y dejé el libro sobre mi mesita de noche. Para volver a él de vez en cuando y llenar de luz la oscuridad de mis noches insomnes. 



«Abro la boca horrorizado. La sala se ha congelado, incluso el salto de Urano hasta la mesa ha quedado suspendido en el aire. Trato de despertar a Carla, pero su cuerpo comienza a parpadear y a convertirse en humo. Todo a mi alrededor desaparece. Yo desaparezco también. Soy humo. Soy nada.»

Todo el mundo el gilipollas (Y tú, más) / Eba Martín Muñoz

miércoles, 23 de enero de 2019

OPINIÓN DE: LA SEÑORA DEL PRIMERO. MAGDA RODRÍGUEZ MARTÍN.





TITULO:  LA SEÑORA DEL PRIMERO

AUTORA: MAGDA RODRÍGUEZ MARTÍN

GÉNERO: NARRATIVA




SINOPSIS:

En toda la obra de Magda R. Martín el “leitmotiv” es la disección del amor. Como si fuera un sentido añadido a los otros cinco que caracterizan nuestra humanidad, esta autora investiga sobre este sentimiento que, con muchas posibilidades es el que rige la trayectoria de nuestro devenir por este camino terrenal.

Las preguntas retóricas planean continuamente sobre todo el texto que conforma la trama de esta última novela que lleva el título de “LA SEÑORA DEL PRIMERO”: ¿Amamos todos con la misma intensidad? ¿Existe realmente ese sentimiento al que se le da el nombre de «amor»? ¿Qué es lo que lo diferencia de la amistad, la compasión, la empatía o la atracción sexual? Laura, la protagonista de esta historia, examina el recorrido de su vida desde un primer recuerdo para intentar comprender la trascendencia que, los sentimientos, tienen en las decisiones que modifican ese trayecto único y personal de cada ser. Sentimientos, caracteres, aceptaciones, que nos hacen vulnerables a los sucesos cotidianos y conforman ese misterio que llamamos «VIDA»


OPINIÓN PERSONAL:

Hace tiempo que tengo el libro La Señora del Primero y, aunque tenía muchas ganas de leerlo, no lo había hecho.

Fue un regalo de la propia autora. Me acuerdo de que cuando lo tuve entre las manos y lo abrí tuve una sensación agradable. Fue especial recibir su última novela. Me emocionaron esas palabras, ver su letra en la primera página.

Diría que incluso entrañable.

Deseé que realmente no fuera la última.

No sé describir exactamente lo que sentí, no encuentro las palabras adecuadas y correctas.

Lo que sí sé es que ese sentimiento se ha quedado anclado a mi memoria, para recurrir a su recuerdo de vez en cuando. Cada vez que necesite la cercanía de la autora a pesar de la distancia.

Lo abracé con fuerza y lo dejé encima de mi mesilla de noche para contemplarlo cada día, en espera de que me susurrara aquello que yo quería oír.

Y hace unas semanas, lo cogí y comencé a leerlo, con la esperanza de hallar un bálsamo con el que calmar mi sed de literatura.

Recuerdo que era sábado. Hacía frío fuera y lloviznaba a ratos. Recuerdo también que estaba algo triste y la nostalgia me llevó a su lectura.

Con solo leer el primer párrafo supe que me iba a gustar, que me iba a enganchar y me iba a meter de lleno en la historia de lleno, sin reparar en horarios, sin percatarme de lo que hubiera a mi alrededor.

Solo la historia y yo, Laura y yo, Magda y yo.

Escrita en primera persona y en pasado, narra la historia de Laura, la hija de la portera. No obstante, hay más, mucho más, intrínseco en la vida de esa niña, de esa jovencita y de esa mujer. Entrelazadas las historias, las vivencias, los recuerdos y la nostalgia de un tiempo pasado que no se puede cambiar.

Sin embargo, el curso de los acontecimientos modifica el futuro y el presente se ve de una forma distinta cuando se mira hacia atrás buscando respuestas a unas preguntas que ni siquiera se han formulado, pero están ahí, acechando la memoria de la protagonista.

En ocasiones, hay situaciones e imágenes que son únicas e incluso imprescindibles. A menudo se quedan grabadas en la mente, tatuadas en el interior y se asocian al recuerdo de un olor en particular, a una nota musical, a un mensaje telefónico, a una carta escrita hace tiempo.

Instantes vividos que se han enquistado.

Que le duelen a Laura, a su madre, al resto de personajes. Instantes que las circunstancias han relegado al ostracismo y de repente, salen a la luz y sorprenden a la par que apabullan y cuesta gestionar la información, los acontecimientos, cuesta salir de la zona de confort creada hasta entonces.

Sin embargo, Laura es valiente, es fuerte y su madre también lo es.

Es fácil empatizar con ellas, sumergirse en los avatares de sus vidas, ser testigo y cómplice de cuanto se oculta entre las letras.

Magda describe de forma muy gráfica y es fácil percibir olores, sensaciones y aspectos que de estar escritos de otra manera no se podrían identificar.

Conocí a Magda a través de Facebook, ella me pidió amistad y yo acepté. Entonces mi vida era distinta, no había empezado mi etapa literaria, ni había perdido todavía mi trabajo.

Al poco tiempo cambió todo.

Y ella estaba ahí, animándome a escribir mientras yo seguía cada párrafo que ella redactaba. Después contactamos por Messenger y más tarde lo hicimos por correspondencia, como antaño, con ese sabor añejo de aquello que se ha dejado de hacer y se ha relegado al olvido, con esa belleza de las cosas sencillas, con esa intimidad y ese carácter personal que han otorgado siempre las cartas.


Por la noche, al quedarme en la soledad de mi lecho, fue cuando mi mente, con la prudencia que ofrece la serenidad, contempló detenidamente ese tapiz que la vida nos presenta con el nombre de “destino”. Los colores y dibujos son propios, de nuestra cosecha, hacemos uso de nuestro libre albedrío, sin embargo, es ese misterioso destino el que pone en nuestras manos los diferentes matices de colores que, una vez repartidos a tu gusto en las figuras mientras les infundes movimientos según tus decisiones, es quien da el toque final a la escena.

Con este pensamiento me quedé dormida pero creo que mi cerebro no dejó de trabajar dentro de mi cabeza proyectando ideas nuevas, cambios y sugerencias que, antes, no se me habían ocurrido.

La Señora del Primero / Magda R. Martín.


A veces la distancia acaricia y los sentimientos muestran una proximidad certera, que abraza con las palabras.

Eso sentí yo con Magda desde el principio y lo sigo sintiendo varios años después.

Esta escritora tiene una forma de narrar que llega al lector, traspasa los sentimientos escritos y se tiene la sensación de estar en ese primer piso junto a esa señora del primero.

En esa portería bregando con los quehaceres diarios, acompañando a la madre de Laura.

Hay varios personajes principales y todos cuentan la historia desde su punto de vista, una misma historia que en ocasiones no está narrada, que se intuye plasmada en esos espacios en blanco que cuentan tanto sin mostrar nada.

Está escrita con un lenguaje sencillo que no permite al lector despistarse. Los capítulos son cortos y los diálogos concisos, lo que da agilidad a la novela.
Secretos que salen a la luz, incógnitas desveladas en el último momento y que gracias a la habilidad de la autora no se ven venir.

Parte de la novela se desarrolla en Pamplona, mi ciudad natal. Se narran hechos de la Guerra Civil.

Esa parte me gustó especialmente, puesto que la sentí muy cercana. Pude pasear por las calles de Pamplona en un contexto diferente al de ahora, con unas circunstancias diferentes, con unas Plazas y Avenidas con diferente nombre. Con otras que ni siquiera existía.

Y lo hice de la mano de Laura y de su madre, adivinando momentos, reconociendo lugares que ahora ya no existen y a los que no soy ajena del todo a pesar de no haber vivido en una época concreta.

Sin embargo, la esencia de esas calles, ésa que ven los ojos de Laura, sigue intacta.

Y me emocioné mientras leía.

Como me emociono siempre que se menciona Pamplona en alguna novela o película.

Cuando terminé la novela volví a dejarla en la mesilla de noche para recorrer de nuevo sus páginas cuando se adueñe de mí la tristeza.

Sabiendo que al abrir otra vez el libro esbozaré una sonrisa y me sentiré acompañada por la belleza de las palabras.


Aquellos recuerdos de tiempos pasados, me llenaban de una nostalgia agridulce, de historias lejanas o quizás soñadas, que me parecía, no me pertenecían.

La tarde seguía, suavemente lluviosa, como en una de esas pequeñas ciudades norteñas. Las acacias, con sus racimos colgantes de flores blancas, aromatizaban el ambiente húmedo que entraba por la ventana, aumentando la sensación del misterio de la vida de otras épocas. De pronto, me sentí anciana. Tanto es así, que me miré en el espejo para cerciorarme y al contemplar mi rostro de mujer joven, llegó a mi pensamiento la idea de que lo que era viejo en mí era mi alma.

La señora del primero / Magda. R. Martín.

domingo, 30 de diciembre de 2018

AQUELLO QUE FUIMOS. PILAR MUÑOZ ÁLAMO


TÍTULO: AQUELLO QUE FUIMOS.

AUTORA: PILAR MUÑOZ ÁLAMO.

GENERO: NARRATIVA.







SINOPSIS:

En plena juventud y tras cuatro años de ausencia, Blanca regresa a su Málaga natal arrastrando una maleta y un pasado que no sabe si podrá afrontar.
En otro punto de la ciudad, un año más tarde, Víctor recibe una llamada de teléfono en relación con Fuensanta, su madre, que pondrá su vida en jaque dejando al descubierto una estela de engaños en la que todos se verán implicados, hasta descubrir una oscura verdad.
Vidas con diferente origen, fuertemente marcadas por decisiones propias o ajenas de aparente insignificancia. Futuros rotos que requerirán un máximo de valor, fuerza y coraje para poderlos superar.

OPINIÓN PERSONAL:

En ocasiones las historias sencillas son las más complicadas de escribir. A pesar de su aparente sencillez, llevan un entramado tan bien hilado, tan bien construido que el lector se deja llevar por esa prosa que fluye y para cuando se da cuenta ya está tan inmerso en la historia que se siente parte de ella.
Y una vez ahí, la disfruta de tal manera, con tal intensidad, que no es consciente de cuanto ocurre a su alrededor y vive pendiente de todo lo que acontece entre las páginas, en el interior de esas circunstancias que discurren en un plano paralelo a su propio entorno y que por un momento se convierten en su realidad.
Eso me pasó a mí con Aquello que fuimos, una historia tan bien elaborada y construida que parece sencilla. La autora ha ido tejiendo con tanta habilidad y  firmeza la trama y las subtramas que el resultado es una excelente historia de contenido profundo que emociona al lector.
Dos historias paralelas, dos vidas aparentemente distintas, con un año de diferencia, intercaladas y contadas de manera distinta. Una en primera persona y otra en tercera. Las dos en pasado. A lo largo de los capítulos se va conociendo a los personajes, creándose un vínculo con los mismos..
Y las historias se van acercando, creándose nexos de unión, coincidencias y situaciones que terminan siendo una.
Los diálogos son directos, cuentan lo necesario sin explicar más de la cuenta, la escritora sugiere y el lector entiende.
Lo leí hace ya un tiempo y desde entonces he estado buscando las palabras exactas para definir todo lo que este libro me hizo sentir, todo lo que sigo sintiendo semanas después. Y mientras, él va cosechando todos esos éxitos que tanto él como Pilar Muñoz, su autora, se merecen.
He leído varios libros de esta escritora. El primero que leí fue ¿A qué llamas tú amor? Formaba parte de una actividad de un grupo de Facebook llamada El libro viajero. Consistía en que la autora prestaba el libro pasaba por aquellos lectores interesados en leerlo. Al finalizar la lectura había que dejar una dedicatoria a la autora con la fecha y el lugar y pasarlo al siguiente de la lista. Es muy enriquecedor tanto para autores como para lectores.
De esta forma conocí a Pilar Muñoz y empecé a seguir su trabajo.
Tiempo después publicó Un café a las seis, novela que devoré en dos días y me gustó mucho. Entonces contacté con ella a través de las redes sociales.
Ya desde el principio sabía que me iba a gustar porque aunque se advierte su evolución con respecto a sus anteriores escritos, esa forma sencilla de transmitir y que conforma su estilo, se mantiene,
Aquello que fuimos es una novela intensa, con mucho contenido, con intriga, la que la autora imprime a lo largo de la novela y sobre todo al final de cada capítulo. Va desgranando poco a poco la historia, en pequeñas píldoras que el lector traga esperando que alivie su ansiedad hasta la siguiente. Sin embargo, la aviva y hace que quien está leyendo continúe sin descanso, apurando hasta la última línea de la página, del siguiente capítulo.
Se abordan temas muy duros, pero Pilar lo hace con cuidado, de forma natural, sin entrar en detalles crudos, sin morbosidad. Eso no hace que sean menos difíciles o que el lector se implique menos. Al contrario, consigue una complicidad que va más allá de las letras.
Queriendo en todo caso saber más, acompañar a cada personaje, aliviar su dolor, contagiarse de su risa.
Es una historia de reflexiones, de seguir adelante, de convivir con el pasado e intentar que no se interponga en el futuro. De saber cómo vivir a pesar de lo sucedido, a pesar de ese instante que cambia el rumbo de los acontecimientos y por tanto modifica también el curso de la vida.
Mientras lo leía recordé pasajes de mi juventud, cosas que me hubiera gustado cambiar y fui consciente de que a pesar del paso del tiempo lo que somos no deja de ser «aquello que fuimos». Aun cuando nuestro entorno sea diferente y creamos que nosotros también lo somos, la base, nuestra esencia, siempre está ahí.
A pesar de que sintamos que la vida nos ha pasado por encima.
Todos los personajes están muy bien definidos y conformados. Es fácil empatizar con muchos de ellos.
Conforme iba avanzando en la lectura se iba creando un debate entre mis sentimiento en cuanto a Blanca y a su madre. Un tira y afloja. Me ponía en el lugar de la madre, de la hija, de las dos en conjunto. Me resultaba difícil decantarme, identificarme solo con una de las dos.
Más adelante me pasó lo mismo con otros personajes.
Son verosímiles. Con sus defectos y sus virtudes. Cometen errores que no saben como enmendar y de los que intentan aprender.
Y los asumen, y lloran al reconocer que se han equivocado.
Y tienen momentos buenos y otros que no lo son tanto.
Como todo y todos en la vida.
Es en esos instantes cuando es fácil acompañarles y sentir que les tiendes una mano escuchando lo que están contando a través de las palabras.
A veces nuestro destino está marcado por los actos de otras personas y nos convertimos en el daño colateral de unas decisiones que no hemos tomado.
También el de ellos.
Uno de los días, mientras leía sentí la necesidad de llamar a mi madre. Hacía días que no hablaba con ella. Dejé el libro y la llamé.
Ni siquiera miré la hora.
Solo descolgué el teléfono y marqué.
Estuve un rato hablando con ella, rememorando aquellas conversaciones que teníamos cuando era adolescente y me acercaba a su cama cuando mi padre trabajaba de noche. Entonces no necesitaba excusas ni un motivo para hacerlo.
En esta ocasión tampoco fue necesario.
Únicamente quería oír su voz.
Al colgar sonreí.
Me pregunté cuánto tardaría en volver a llamarla.
Me prometí hacerlo pronto.
Hay tanto que decir de esta novela que, aunque me extendiera sobremanera, se quedarían muchas cosas en el tintero.
Nada y todo es lo que parece. A medida que van pasando los capítulos, la madeja se va desenredando y las piezas van encajando una a una hasta que se completa el puzle, hasta que todo se aclara. Es un viaje al centro de los sentimientos, de las palabras no dichas, de la vergüenza, del que dirán.
Pero todo eso no importa cuando se quiere de verdad, al final todo queda relegado a un segundo plano y lo importante es lo que prevalece.
No tardé en leerlo, ya que el estilo que imprime la autora con capítulos no muy extensos y frases cortas combinadas con largas le da ritmo y hace sencilla y ágil la lectura.
Recuerdo que al llegar al final dejé de leer durante unos días. No quería terminar, no quería pasar página y dejar el libro en una estantería relegado al olvido. No quería olvidar.
Pensaba que así alargaría el recuerdo de las palabras, de las vivencias, que me mantendría dentro de la historia, dentro de esas vidas, de esas casas, vislumbrando esos rostros tan bien descritos, siendo un personaje más de la novela.
Sin embargo, también quería saber el final y dejar espacio para embarcarme en una nueva aventura.
Cuando estaba a punto de finalizar la novela, un segundo antes de pasar esa última página a la que me resistía, supe que no iba a ser tan fácil relegar al fondo de la memoria algo que me había llenado tanto y que lucharía por mantenerse a flote mucho tiempo después.
Por eso no escribí sobre ello antes.
Hasta ahora.
El día que llamé a mi madre, mientras hablábamos, me di cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, de que en cualquier momento el camino se corta de forma abrupta y entonces todo se acaba.
A veces con algo por decir y el remordimiento de no haberlo dicho.

Nos quedamos en silencio. Giré la cabeza con lentitud y tomé conciencia del bullicio que  se concentraba allí, en un ambiente que comenzaba a estar cargado de olores corporales mezclados con los aromas culinarios y  las fragancias de los vinos servidos en las mesas que nos rodeaban. No supe cuánto tiempo llevábamos ocupando aquel lugar, con una decena de comensales en pie esperando acoplar el trasero para picar algo. Yo no tenía ninguna prisa en marcharme, estaba a gusto en su compañía, pero me sentí violenta ante la posibilidad de jorobar la buena marcha del negocio; aunque Chema formara parte de la familia, la consumición de nuestra mesa era claramente deficitaria para las arcas de El Trillo. Él no se inmutó. Y yo me vi amparada por su gesto.
Aquello que fuimos / Pilar Muñoz Álamo
(Ganador V Premio literario Amazon 2018)