domingo, 7 de mayo de 2017

CUANDO DESPUNTAN LOS SENTIMIENTOS: PÉTALOS BLANCOS Y RIMAS PARA SOÑAR DE: MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ JANÁRIZ.





PÉTALOS BLANCOS Y RIMAS PARA SOÑAR.

AUTOR: Miguel Ángel Martínez Janáriz.


En palabras del autor sus poemas son una puerta abierta a la esperanza y un canto a la naturaleza y al entendimiento entre los seres humanos. Poemario intimista con gran sentido del ritmo y de la métrica, en ningún momento se olvida de la poética modernista del verso libre.





Abril no fue el mes de temperatura suave que se presupone por ser primavera. Ni fue el mes de lluvia que clama el refrán. Desde los albores de mayo me asomo a los últimos días de su antecesor. Me paro en el 28. Un día más en la vida de la mayoría.  Especial sin embargo en la de Miguel Angel Martínez Janáriz: “Michel” para muchos de nosotros, tal vez para todos.

Ese día iba a presentar su primer poemario:  Pétalos blancos y versos para soñar.
Muchos meses de trabajo, esfuerzo y dedicación hay detrás de esas páginas, detrás de cada verso. Madrugadas de desvelo buscando ese verso perfecto con el que acabar un poema, días con la mente ausente esperando esa inspiración que no llega y cuando lo hace es tan inoportuna que se corre el riesgo de perderla si no vas tras de ella en ese mismo momento.

Estaba emocionado y expectante. Yo no podía faltar a la cita. No debía hacerlo.

Michel es compañero de batallas narrativas en los talleres de escritura creativa. En uno de ellos le conocí. Era el primer taller al que acudía yo, quizás también lo era para él.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y hemos coincidido en algún otro taller además de mantener el contacto fuera.

Siempre es gratificante y bonito asistir a los momentos especiales de los compañeros, de los amigos. Compartir con ellos esos instantes felices.

Así se sentía él: agradecido e ilusionado.

Faltaban menos de quince minutos para las 19:30 cuando llegué. En las inmediaciones de la librería Auzolan de Pamplona había mucha gente esperando el momento de entrar. Él, anfitrión esa tarde, tenía palabras de agradecimiento y saludo para todos. Se alegró de verme, yo me alegré de estar allí. La librería se llenó. Apenas quedaba espacio para pasar.

El evento estuvo presentado por Javier Blázquez, gran amigo y escritor que unas semanas antes había presentado su segunda novela.

De forma cercana, Javier hizo una pequeña introducción del autor. Nos contó algunos aspectos de su vida que yo no sabía y, de esa forma, pude conocer un poco mejor al poeta. Se notaba el sentimiento, se notaba el cariño. En los asistentes se podía advertir también.

Empezó agradeciendo nuestra presencia. Dijo que sentía mucha satisfacción.

“He soñado este momento desde pequeño”.

En ese momento pensé que yo también he soñado muchas veces una situación similar.

Ahora, mientras lo escribo vuelvo a pensarlo. En mi mano está que algún día sea realidad.

Y entonces, nos contó aspectos de su vida. Nos contó cosas de su infancia. Desde pequeño su vida estuvo muy ligada a la agricultura.  Eso hizo que la naturaleza haya sido muy importante para él gracias a que creció entre ella. Añadió que ha sido y sigue siendo una de sus fuentes de inspiración.

Esa combinación agricultura-naturaleza tiene mucha relevancia en sus escritos, en sus poemas, en su trayectoria, tanto personal como poética.

En ellos habla de cómo entiende el mundo y la vida. Sobre todo, la vida.

¿Cuándo empezó tu vocación literaria? -pregunta Javier

Hace diez años aproximadamente -responde Michel. Es una vocación tardía.

Abril y Mayo son meses que le inspiran especialmente. Ese despuntar de las flores le parece tan bello que no puede dejar de escribir sobre ello.

A través de sus palabras nos pudimos enterar de su admiración por Neruda o Benedetti y de la influencia en sus poemas de poetas como Federico García Lorca, Luis Cernuda, Antonio Machado o Gustavo Adolfo Becquer.

Y entre preguntas y respuestas, nos iba deleitando con algunos de sus poemas. 

Unos eran alegres, otros un poco menos.

“Hay que escuchar esa emoción y dejar salir ese interior que tenemos”.

La experiencia es una de las vías que utiliza. A través de los recuerdos, de momentos tristes y duros ha escrito poemas muy bellos.

Mencionó algo que me gustó mucho. Me sentí identificada: “La poesía no se puede forzar. Hay días que no sale”.

Es cierto. A veces, por mucho que lo intentas, las palabras no acuden a la mente y la pluma es incapaz de plasmar aquellos pensamientos y sentimientos que no quieren ser escritos. Llegará el momento en que se mostrarán y entonces es cuando hay que escribirlos.

Se sinceró con nosotros, desnudó su alma, al igual que hace en sus poemas. 

Reconoció que le costó mucho escribir alguno de los poemas, que los ha dejado en cuarentena antes de terminarlos o de rescatarlos para este poemario. Algunos de ellos, recogidos en esta obra, los escribió hace diez años. 

He leído el poemario despacio, con mimo.
Como siempre que leo poesía.
Como pienso que debe leerse siempre.
Degustando cada palabra, cada verso, cada situación plasmada por el poeta. 

Sintiendo la emoción de algunas estrofas, la soledad de otras, el miedo, la esperanza, la alegría. Todos los aspectos de la vida que le han inspirado.

Todos esos sentimientos que despojan al poeta de ese pudor que tiene algunas veces. Se muestra tal y como es. Con sus cosas buenas y sus cosas malas.

El lector lo advierte.
Y se deja llevar.

Mientras declamaba, en más de una ocasión cerré los ojos para solo escuchar. Para dejar que el sonido de la voz impregnara mi piel. Para disfrutar de ese ambiente poético en la intimidad, como si únicamente estuviéramos allí la poesía y yo. Los abrí y vi que no era la única que lo hacía.

Mañana te irás
con tu maleta vieja
asida de tu trémula mano.
Sé que caminarás con prisa
agitada por las cosas
y por los acontecimientos
tristes de estos días.
                         (Fragmento del poema: “Mañana”
                          Pétalos Blancos. Miguel Ángel Martínez Janariz)

El tiempo pasaba rápido. Siempre ocurre cuando se pasa bien. Los minutos se escapaban del reloj y yo tenía muchas preguntas que hacer. Quería saber más cosas.

No obstante, mis labios permanecían cerrados. No lograba dar ese paso que siempre quiero dar en las presentaciones de libros y siempre también, se queda en una intención.

Y de repente, pregunté:
¿Por qué ese título? ¿Por qué pétalos blancos?

Escribí un poema titulado así y pensé que sería un buen título para el libro. Me gustó mucho -contestó.

Es un título acertado. Los pétalos son suaves y delicados al igual que el contenido de esta obra.

Tengo que reconocer que me gusta saber el origen de los títulos de las novelas, de los libros de poemas. Me gusta saber por qué los autores han elegido un título en concreto, qué les ha instado a ponerlo. Es una pregunta que suelo hacer a los escritores cuando me firman el libro.




Y llegaba el final.
Con pena.
Con rabia de no estar más tiempo.
Con los ojos brillantes.
Con ganas de escuchar más.
Habrá más ocasiones.
Habrá más momentos.

En nuestras retinas, la imagen de esos cerezos en flor de la portada. Esos cerezos en todo su apogeo haciendo todavía más bella la primavera. Los mismos que le han llevado de vuelta a los recuerdos de su infancia muchas veces.

La noche se nos echó encima y la inspiración acudió a nuestra llamada.

Qué fácil sería vivir en armonía
con los pobres
con los feos
con los niños de acogida.
Qué fácil sería compartir la comida
repartir el dinero y vivir en alegría.
                              (QUÉ FÁCIL SERÍA: Miguel Angel Martínez Janáriz

                                     Pétalos blancos)

domingo, 9 de abril de 2017

CINCO KILÓMETROS, UNA META, UN RETO


Apenas pasan cinco minutos de la medianoche. Me gusta escribir cuando todos están durmiendo, cuando el silencio se convierte en mi aliado y lo único que se oye es el ruido del ventilador del ordenador. Hace tiempo recuerdo que me molestaba, ahora ya ni siquiera reparo en él.

Ya es domingo, la semana ha pasado deprisa, como todas las semanas, como todos los meses, como toda la vida…

A veces pienso que no sigo su ritmo, que mi andar es demasiado lento. Otras veces, sin embargo, me alegro de que sea así, de poder degustar cada momento, de poder vivir con intensidad cada instante del devenir de ese tiempo que a menudo se nos escurre entre los dedos.

Mis manos se deslizan por el teclado con rapidez, la misma con la que mi cerebro le dicta las órdenes a seguir, las letras que pulsar. Intento poner en orden mis ideas, contar una historia en pasado de algo que siento muy presente. Algo que ha ocurrido hace unas horas y que sin embargo  pertenece al día de ayer.


Al sábado 8 de abril.

Me desperté pronto, no había dormido demasiado bien. Estaba inquieta. La emoción y los nervios de la carrera en la que iba a participar habían constituido una sombra acuciante que perturbó mi sueño.

Hacía tiempo que me había apuntado junto con Alberto a La carrera de las mujeres. Carrera organizada por el club: mujeres que corren en Pamplona. Ésta era su segunda edición.

Un nuevo reto para mí.

Una nueva ilusión.

Algo más de cinco kilómetros por delante. No eran muchos. Según Alberto, eso lo puede correr cualquiera.

Yo no soy cualquiera, pensaba.

A mí no me gusta correr, nunca me ha gustado. Todavía recuerdo las clases de Educación física del instituto, en las que nos hacían correr dos vueltas al colegio en cinco minutos para aprobar la asignatura. Cada vez que nos decían que en la siguiente clase se celebraría la prueba, me ponía enferma. Me pasaba toda esa semana angustiada. Y llegaba el día, y corría, y aprobaba, pero  no sin antes quejarme, decir que no me encontraba bien y soltar toda una serie de excusas que no servían de nada porque nada me eximía de correr.

Cada vez me aparto más de las excusas, son compañeras de mis miedos e impiden que haga aquello que quiero. Es fácil dejarse llevar por ellas. Es fácil no comprometerse ni esforzarse.

Es difícil no arrepentirse después.

Volvamos a la carrera de ayer.

Mi tercera carrera. Al terminarla me daré cuenta de que era la primera. La primera que me costaría un verdadero esfuerzo.

Anteriormente, había corrido la carrera solidaria contra el cáncer de mama. Dos veces. La primera fue dura, sobre todo para Alberto, quién me entrenaba con ilusión y al que yo ponía trabas una y otra vez y apenas avanzaba. Me costó cambiar mi manera de pensar y centrarme en divertirme yendo a su lado.

Al final lo conseguí y disfruté de ambas carreras terminándolas bien. No me supusieron mucho esfuerzo. 

Pensé que esta vez sería igual.
Por eso me apunté.
¡Qué equivocada estaba!

Alberto me había advertido de que era más dura y habíamos entrenado, aunque no demasiado.



La carrera comenzaba a las once de la mañana. Había mucha gente. Unos estiramientos antes, un poco de calentamiento, una última mirada al dorsal para comprobar que estaba bien colocado y que no se iba a caer…

Es curioso lo diferente que se ve todo detrás de la barrera, siendo animadora, reportera, esperando que lleguen los corredores, cámara de fotos en mano para captar esa instantánea en la línea de meta.

Ayer yo estaba en primera línea de fuego, con los nervios propios de los corredores, evitando las cámaras de fotos, pero deseando aparecer luego en las imágenes. Alberto y yo estábamos adelante en la salida. No porque lo hubiéramos planeado así, sino porque parecía que nadie quería ponerse adelante. Hemos salido de los primeros, rápido, captando la mirada de todos los fotógrafos allí reunidos. Una vez que los hemos rebasado, hemos aflojado el ritmo, entre otras cosas porque lo primero con lo que nos hemos encontrado era una cuesta que parecía más empinada de lo que realmente era. Ya la habíamos subido en los entrenamientos, pero en esta ocasión todo parecía diferente.

No he podido evitar emocionarme un poco. Estaba allí, entre el pelotón, haciendo algo que para mí era impensable hace apenas un año.

El sol empezaba a pegar con fuerza. Precisamente hoy tenía que hacer un día primaveral.

Miraba al cielo, buscaba a las nubes, esas que odio muchas veces porque no me dejan ver el sol.

Paradojas de la vida.
Esta vez no aparecieron.

Supuse que nadie ahí arriba quería perderse mi carrera. Imaginaba que estaban asomados a la ventana aplaudiendo y empujándome con sus ánimos.

Y seguíamos corriendo, cuesta abajo, por la carretera. Sin preocuparnos por los coches, los corredores éramos los dueños del asfalto. Una sensación de libertad me recorría el cuerpo.

Alberto hablaba, me distraía. Me decía como debíamos correr. Me preguntaba si iba bien y yo contestaba afirmativamente porque realmente iba bien, un poco acalorada, pero bien.

Hasta que llegó la segunda cuesta. El calor me agotaba. Subía despacio.

-No puedo más -he dicho
-¿Quieres que paremos? – ha preguntado él
-No, si paro ya no sigo – he contestado

Y aminoramos un poco la marcha. Pasitos cortos, rápidos pero cortos. Fue lo primero que me dijo la primera vez que subimos juntos una cuesta. Se me quedó grabado y desde entonces siempre he seguido ese consejo.

Mis pies iban despacio, sentía que se paraban, pero no lo hacían.

Vas muy bien, me alentaba Alberto.
Yo cabeceaba. No veía el final de la cuesta.
Ya casi estamos, me repetía una y otra vez.

Y mientras pensaba en retener todo ese cúmulo de sensaciones para luego escribirlos, el tiempo pasaba y cada vez estaba más cerca de la meta.

Yo resoplaba. Los que iban detrás de mí también. En ese momento una chica nos ha adelantado y se ha parado al terminar la cuesta. Ahí la hemos pasado nosotros.

Y seguíamos, había que cruzar la carretera. Cada vez quedaba menos, aunque el final se me antojaba muy lejano todavía. Escuchaba esos ánimos que a menudo doy yo y los agradecía como siempre me los agradecen a mí.

Y de nuevo, otra cuesta.

-Es ya la última -me decía Alberto.- En cuanto lleguemos a la rotonda se ve la meta y lo que queda es cuesta abajo.
Yo afirmaba con la cabeza, hablar suponía perder fuerza.

La rotonda no llegaba nunca, corría y corría y seguía subiendo. No veía ni rotondas, ni cuestas que bajaban, ni metas.

Quería parar, quería llegar y sentarme, quería ir más deprisa para llegar antes.

Y al final hemos alcanzado la rotonda y hemos ido más deprisa.

Hemos puesto buena cara para la foto de la llegada.

Nos hemos dado la mano.

Y hemos cruzado la meta.

Estaba feliz, exultante. Había imaginado muchas veces ese momento. Me había visto saltando al pasar la meta, sin embargo no lo he hecho. 

Me he alegrado, hemos chocado las manos pero no he saltado. Saltar era lo último en lo que pensaba en ese momento. Sólo pensaba en respirar y recuperar el aliento.

Alberto no paraba de repetirme lo bien que lo había hecho, lo orgulloso que estaba de mí.

Yo sentía lo mismo.

¡Mi primera carrera con chip!

Quedaría marcado mi tiempo. No iba a ser el mejor del mundo, Iba a ser mi mejor tiempo, mi primer tiempo.

Mi primera bolsa de corredor. Dentro, un trozo de queso. He pensado en ese momento que ningún queso me va a saber nunca como ese.

Puede parecer una tontería, sin embargo, no lo es. Esa bolsa representa la recompensa al trabajo bien hecho, al esfuerzo imprimido durante esos kilómetros.

No he llegado de los últimos. No era algo que me obsesionara, pero lo cierto es que mientras corría pensaba en que no quería ser la última, no tendría importancia, lo importante era llegar, pero yo no quería serlo.

Muchos han llegado antes que yo. Sin embargo, nadie me ha ganado, yo era la vencedora de mi reto.

Ya es tarde, debo terminar mi relato e irme a dormir con la emoción todavía dentro de mí y las agujetas en mis piernas.

Debo descansar porque en unas pocas horas sonará el despertador.

Una nueva carrera por delante para Alberto, mucho más dura que la de hoy, con unas vistas impresionantes y unos montes muy empinados.

Esperará ese aliento al final de la carrera.

Aliento que yo le daré.


Y de nuevo, volveré a ser animadora.